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KANT, LA CRÍTICA AL JUICIO Y EL FÚTBOL

Immanuel Kant ocupa un lugar central en la filosofía moderna porque su obra intentó establecer los límites y las condiciones del conocimiento humano. En la segunda mitad del siglo XVIII, Kant se preguntó qué podemos conocer, cómo podemos conocerlo y, posteriormente, cómo debemos comprender nuestra capacidad para juzgar aquello que experimentamos. Su proyecto filosófico suele asociarse principalmente con tres obras: la Crítica de la razón pura, dedicada a las condiciones y límites del conocimiento; la Crítica de la razón práctica, centrada en la moral; y la Crítica del juicio, publicada en 1790, donde aborda fundamentalmente el juicio estético y la relación entre la naturaleza y nuestras facultades de juzgar.

La Crítica del juicio parte de un problema particularmente interesante: existen juicios que no funcionan simplemente describiendo hechos ni pueden demostrarse mediante conceptos científicos. Cuando afirmamos que algo es bello, sublime, armonioso o desagradable, estamos juzgando. Sin embargo, esos juicios no parecen ser puramente objetivos, porque dependen de nuestra experiencia, pero tampoco son completamente arbitrarios, porque cuando decimos que algo es bello hablamos como si los demás pudieran compartir nuestro juicio.

Kant intenta comprender precisamente esa facultad: ¿cómo es posible que juzguemos aquello que experimentamos?

Esta pregunta resulta especialmente fértil cuando la trasladamos al fútbol. Porque en el fútbol no solamente observamos hechos. Constantemente los interpretamos y los valoramos. Decimos que un equipo «domina», que otro «juega bien», que determinada acción es «inteligente», que un entrenador «propone», que una posesión es «estéril», que un equipo «juega bonito» o que otro «renuncia al juego». Muchas de estas expresiones parecen describir objetivamente lo que ocurre en el campo, pero en realidad mezclan hechos, interpretaciones y juicios.

En otras palabras, antes incluso de preguntarnos cómo debe jugarse al fútbol, deberíamos preguntarnos cómo hemos aprendido a juzgar el fútbol.

I. EL FÚTBOL COMO FENÓMENO

Para comprender el problema del juicio en Kant es necesario regresar brevemente a su concepción del conocimiento. Uno de los puntos fundamentales de su filosofía consiste en distinguir entre aquello que podemos conocer como fenómeno y aquello que la tradición filosófica denomina cosa en sí o noúmeno.

Kant no sostiene que nada pueda conocerse. Su planteamiento es más preciso: nuestro conocimiento siempre está condicionado por las formas mediante las cuales recibimos y organizamos la experiencia. No conocemos las cosas independientemente de nuestra manera de experimentarlas; conocemos los fenómenos, aquello que aparece ante nosotros bajo determinadas condiciones de sensibilidad y entendimiento.

Esta distinción puede trasladarse, con las debidas precauciones, al fútbol. Un partido existe como acontecimiento antes de que lo describamos. Los jugadores corren, pasan, ocupan espacios, disputan balones, atacan y defienden. Sin embargo, cuando observamos ese partido no lo hacemos desde una posición absolutamente neutra. El entrenador observa relaciones tácticas; el analista organiza comportamientos; el periodista construye una narrativa; el aficionado experimenta emociones; el jugador percibe estímulos y toma decisiones desde dentro mismo del acontecimiento.

Todos observan el mismo partido, pero no necesariamente ven el mismo fútbol.

Esto no significa que todas las interpretaciones sean igualmente verdaderas ni que el juego sea una construcción arbitraria de quien lo observa. Existe una realidad del juego que impone límites a nuestras interpretaciones. Sin embargo, nuestra relación con ella siempre está mediada por conceptos. No vemos simplemente «el fútbol»: vemos el fútbol desde determinadas categorías.

Cuando afirmamos que un equipo «domina», «juega bonito», «es protagonista», «es intenso» o «juega bien», quizá no estamos descubriendo propiedades absolutas del juego, sino organizando nuestra experiencia mediante conceptos que hemos aprendido, construido y heredado.

Por eso una de las preguntas fundamentales de la filosofía del fútbol debería ser: ¿cuánto de aquello que llamamos «buen fútbol» pertenece realmente al juego y cuánto pertenece a nuestra manera de percibirlo?

La pregunta adquiere todavía mayor importancia cuando observamos cómo el fútbol ha construido determinadas asociaciones que hoy parecen evidentes. Una de ellas es la relación entre posesión y dominio.

II. EL JUICIO Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA BELLEZA

Para Kant, el juicio estético posee una particularidad: cuando afirmamos que algo es bello no estamos simplemente describiendo una propiedad objetiva del objeto, pero tampoco estamos expresando únicamente una preferencia privada equivalente a decir «me gusta». El juicio estético aspira a una validez compartida. Cuando alguien afirma «esto es bello», habla como si los demás debieran poder reconocer esa belleza, aunque no pueda demostrarla del mismo modo que se demuestra una proposición científica.

Algo similar ocurre constantemente en el fútbol. Decimos «ese equipo juega bonito», «ese gol fue espectacular», «esa salida es elegante» o «ese equipo juega mal». Pero con frecuencia el juicio estético termina transformándose en una norma: «así se debe jugar».

De esta manera aparecen afirmaciones como «hay que salir jugando», «hay que dominar desde la posesión», «el fútbol directo es primitivo», «defender bajo es renunciar al juego» o «un equipo protagonista debe tener el balón». Estas expresiones ya no describen simplemente lo que ocurre en el campo. Establecen un criterio desde el cual determinadas formas de jugar son reconocidas como superiores, mientras otras son desvalorizadas.

La propia palabra «posesión» resulta significativa. Poseer implica tener, disponer, controlar algo. Fuera del fútbol, la posesión está profundamente vinculada con las relaciones sociales de propiedad y poder. Aquel que posee dispone de aquello que tiene; quien carece de ello depende de la voluntad de otro. No resulta extraño que el lenguaje futbolístico haya trasladado intuitivamente esa relación al terreno de juego: quien tiene el balón parece tener el control, mientras quien no lo tiene parece carecer de él.

Sin embargo, posesión y dominio no son conceptos equivalentes.

Un equipo puede acumular posesión sin progresar, circular el balón sin generar ventajas y mantenerlo durante largos periodos sin controlar realmente el desarrollo del encuentro. Otro puede ceder deliberadamente la posesión, controlar los espacios, inducir determinados comportamientos del adversario y atacar en los momentos que considera favorables. En ese caso, la ausencia de balón no necesariamente significa ausencia de control.

La posesión es un hecho del juego; el dominio es una interpretación de ese hecho.

Esto no significa que la posesión carezca de importancia ni que una interpretación sea necesariamente falsa. Significa que debemos distinguir entre lo que sucede y el significado que atribuimos a lo que sucede.

Algo semejante ocurre con el resultado. El fútbol está atravesado por una forma particular de exitismo que convierte la victoria en un tribunal retrospectivo. Una acción puede ser considerada inteligente porque terminó en gol y absurda porque no lo hizo. El equipo vencedor suele ser descrito como eficaz, inteligente, competitivo o pragmático; el derrotado puede ser presentado como ingenuo, limitado o poco eficaz. La victoria embellece y la derrota afea.

Pero eficacia, funcionalidad y belleza no son necesariamente la misma cosa.

Una acción puede ser eficaz porque produce un resultado; funcional porque responde a una intención táctica; y bella porque provoca una determinada experiencia estética. Confundir estas dimensiones empobrece la comprensión del juego. El resultado puede decirnos quién ganó, pero no agota el significado de todo aquello que ocurrió durante el partido.

Nuestro gusto futbolístico tampoco nace en el vacío. Aprendemos a considerar bello un determinado fútbol a través de entrenadores, academias, medios de comunicación, comentaristas, instituciones, referentes históricos y comunidades futbolísticas. Con el tiempo, esos criterios se naturalizan hasta convertirse en aparentes verdades. Dejamos de decir «prefiero este tipo de fútbol» y comenzamos a decir «esto es jugar bien».

Aquí vuelve a aparecer la importancia de Kant. Criticar nuestros juicios no significa concluir que todo es subjetivo ni que todas las formas de jugar son igualmente válidas. Significa reconocer que nuestras categorías también forman parte del problema que intentamos comprender. Si observamos el fútbol únicamente desde conceptos previamente establecidos —posesión, dominio, protagonismo, intensidad, belleza, resultado— corremos el riesgo de encontrar únicamente aquello que estábamos preparados para encontrar. El análisis puede convertirse entonces en una confirmación de nuestras propias ideas.

El fútbol existe antes de nuestras teorías sobre él. El partido ocurre antes de que lo llamemos dominante, defensivo, propositivo, especulativo, bello o mal jugado. La tarea de la filosofía no consiste en eliminar nuestros conceptos, sino en hacerlos visibles, someterlos a crítica y reconocer sus límites. Solo así podemos distinguir, aunque nunca de manera absoluta, entre el juego y nuestro juicio sobre el juego.

La crítica del juicio no nos aleja del fútbol. Nos obliga a mirarlo nuevamente.

Y quizá la pregunta fundamental no sea solamente cómo debemos jugar al fútbol, sino una pregunta anterior y mucho más incómoda: ¿qué es el fútbol antes de que decidamos cómo debe ser jugado?